Los ucranianos de la capital se habían acostumbrado, si no se habían insensibilizado del todo, a las vicisitudes de la vida en tiempos de guerra: alertas antiaéreas, misiles, apagones y olas de frío extremo debido a los ataques rusos contra centrales eléctricas. Pero la llegada a gran escala, a finales de agosto, de los drones Shahed propulsados por reactores, y el aumento de los impactos de misiles rusos, desató un nuevo nivel de miedo y devastación.